
En el fondo, a la gente no le repele hablar de dinero, sino de aquello que ha hecho (o está haciendo) mal.
De lo que no es capaz de hacer. De sus miedos y limitaciones. De la alienación. De la frustración.
Y como el sistema está hecho para que todo el mundo siga un círculo vicioso, hablar de dinero es como hablar de una urticaria, que sólo es divertida cuando le pasa a los demás.
Y entonces surgen los dicursos de la envidia, de la suerte que han tenido algunos, de la falta de oportunidades, etcétera. De las estrellas de pop y los futbolistas. De los mútiples espejos donde podemos ver, aunque sea indirectamente, que los ricos también lloran y que existen mundos que nunca podremos alcanzar.
Y así será, seguiremos pobres, ignorantes y envidiosos, mientras nos sigamos empezinando en no hablar de dinero.
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