
Esta Semana Santa he compartido, como todos los años, unos días con mis primos.
Mi familia es peculiar y diversa. Unos viven en Madrid, otros en León, otros en Suiza, en Brasil y si hablamos de la familia secundaria la lista se multiplica hasta casi completar el globo.
Hace algunos años, tras la muerte de nuestro tío a los 38 años, algunos de nosotros decidimos reunirnos en Semana Santa para pasar unos días de vacaciones juntos. Con el tiempo, la cita anual se ha ido afianzando y hoy por hoy todos la aguardamos con ilusión, especialmente porque nuestra prima menor, hija de mi tío, se lo pasa bomba con nosotros.
Igual que hemos conseguido llevar a cabo estas reuniones, me gustaría poder montar negocios con mi familia. Una pequeña empresa que pudiera gestionar inmuebles. Creo que entre todos sumamos los suficientes cerebros como para que la cosa fuera bien y prosperase. E, indudablemente, sería un gran logro familiar.
A pesar de esto, hablar de dinero repele a la mayoría de personas (incluida una gran parte de mi familia). El lunes, por ejemplo, cuando ya estábamos apurando la Semana Santa, mi primo suizo me confesó que tenía una cuenta de opciones y futuros a escondidas del resto de la familia.
En fin, hablar de dinero es sano, tan sano como hablar de cualquier otro tema, y tan o más apasionante que cualquier otro tópico. Espero que en próximas ediciones la cosa se vaya ablandando, porque realmente me haría mucha ilusión poder compartir un aspecto más de las cosas que me apasionan con mis seres queridos.
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