lunes, 20 de abril de 2009

Las alas de Ícaro, o por qué no es inteligente estafar en los negocios


Estos días son revueltos en mi empresa. El socio mayoritario de nuestro principal cliente le ha dado un palo a sus socios de 1.200.000 euros.

Lo más curioso del caso es que el pastel se ha descubierto en un segundo proyecto que no ha ido bien. Me explico; convenció a un par de empresas poderosas para que invirtiesen en un negocio que salió redondo y posteriormente aplicó la misma fórmula en un segundo proyecto que resultó fallido. En este segundo bussiness, además, ha embarcado a particulares ávidos de los beneficios que dio la primera operación.

Cuando los socios pidieron explicaciones (y estados de cuentas) del segundo proyecto empezaron las sospechas. La contabilidad era un caos y la cuenta de explotación una bonita invención. Justo acaban de empezar a tirar del hilo y, de momento, el prenda ha declarado, ante notario, una malversación de la cifra anteriormente mencionada. Pero, hasta ahora, como todo iba viento en popa, nadie hacía preguntas. Cuando el viento sopla de cara parece que nadie se fija en los detalles.

En fin, que no sabemos como va a terminar la historia. Sólo que el sujeto se ha comprado un piso de cojón de mico en Manhattan a costa de los dividendos de sus socios. Y que ha estafado a dos grandes, y que los grandes no perdonan. Así que ya se puede ir despidiendo de sus aires de grandeza y destinar lo que haya podido ganar honradamente a contratar un buen abogado, o le esperan varios años a la sombra...

Lo peor son los pequeños inversores, que a parte de los ahorros han perdido la ilusión y sólo se llevarán la negativa (y errónea) lección de que no hay que invertir en negocios.

No hay comentarios: