jueves, 11 de febrero de 2010

Choque de generaciones: jubilados a los 30



La Razón
9 Febrero 10 - Madrid - David Moralejo

Trabajar para vivir en vez de vivir para trabajar. Ésta es la máxima de una nueva generación a la que le preocupa el éxito personal por encima del profesional

Pocos padres nacidos en los años 50, ésos que vivieron su juventud entre hipotecas, cambios de pañales y una más que difícil conciliación de la vida laboral con la personal, entienden qué les pasa a sus hijos. Han luchado sin tregua por ellos para que tuvieran la mejor educación y su currículum brillara por encima del resto. Sin embargo, muchos de estos jóvenes sobradamente preparados se están dando cuenta de que el éxito laboral no siempre da la felicidad. Ni siquiera el fantasma de la crisis les impide dejar sus trabajos en pos de una vida mejor, sin estrés, sin prisas y, sobre todo, sin cargas económicas.

Marc Oromi trabajaba en una agencia de comunicación barcelonesa. Estuvo allí tres años, «pero las largas jornadas laborales y los continuos viajes me hicieron ver que llevaba un ritmo muy alejado del que yo quería vivir. La imposibilidad de compatibilizar mi vida familiar con el trabajo me hizo dar el paso». Así, un buen día, pidió la cuenta, apagó el móvil, cogió la mochila y se fue a recorrer el sudeste asiático. «A mis padres les costó mucho aceptarlo, porque creían que al irme podía perder la estabilidad económica y todo lo que había logrado. La gente de mi generación me apoyaba más, eso sí», añade. En su periplo, Marc recorrió Vietnam, India, China e incluso Camboya, donde conoció a la Reina mientras colaboraba con la fundación del jesuita Kike Figaredo en Battambang: «Nunca imaginé que acabaría topándome con Doña Sofía en un lugar así, fue una más de las experiencias increíbles que viví». Marc ya ha regresado a Barcelona, pero tiene claro que «ahora trabajo para vivir. Me compensa más disfrutar de una tarde libre que ganar cien euros para gastármelos en un restaurante. Además, sigo viviendo de alquiler. No quiero atarme a nada, aunque también asumo que no puedo estar de espaldas al sistema al cien por cien».

Camarera en Australia
Lorena Voces hizo algo parecido: pegó un frenazo en el mejor momento de su carrera, cuando, después de trabajar en radio y en televisión, por fin había logrado dedicarse a su sueño, las relaciones públicas. Sin embargo, tres años después de conseguirlo «me empecé a agobiar porque no tenía vida personal; todo comenzó a mezclarse y sentía que me pasaba las 24 horas del día trabajando». Lorena tomó un avión rumbo a Malta, donde pasó tres meses para perfeccionar su inglés, y después se fue a recorrer Australia, Nueva Zelanda y Tailandia. A sus padres tampoco les gustó la idea: «Pensaron que era una locura, que debía afrontar mi carrera profesional con madurez. Es más, a día de hoy siguen sin reconocer que el paso que di fue bueno para mí, ya que ahora soy bilingüe. Lo ven como unas largas e innecesarias vacaciones», añade.


A Lorena, de 29 años, no le preocupó dejar de cotizar en la Seguridad Social «y mucho menos perder la antigüedad en la empresa. Tenía claro que cuando volviera a España trabajaría en lo que fuera para sobrevivir». Así hizo en Sidney, donde se ganaba la vida como camarera del bar español La Tapa Guapa «hasta que ahorré dinero suficiente para recorrer Nueva Zelanda en caravana». Ahora, Lorena ha regresado a Madrid, pero no descarta irse de nuevo, «porque cuando vives una experiencia así siempre quieres más».

No son casos aislados: el actor Miguel Ángel Silvestre, tras el desmedido éxito de su papel de El Duque en «Sin tetas no hay paraíso», desconectó el móvil, bloqueó su agenda y se fue a hacer surf a Cádiz durante meses. Algo similar han hecho el nadador Rafael Muñoz y la cantante de Russian Red, que, tras triunfar con su primer disco, ha decidido «tomar un poco de distancia y realizar un viaje sin planes de nada por EE UU». Porque, para ellos, el tiempo es oro y el dinero no tanto.

Rafa Muñoz, el campeón que no quiso serlo
En julio de 2009, Rafael Muñoz, de 21 años, se convirtió en el primer nadador español que lograba dos medallas en un campeonato del mundo. Después de hacer temblar al mismísimo Phelps con su poderoso «efecto mariposa», despareció. El día que terminaron los mundiales, Rafa se bajó del avión y se fue a Córdoba, su ciudad natal. Dejó de entrenar, como hacía cada día, en el club Navial, y lo siguiente que supieron de él sus allegados fue que estaba en Barcelona con unos amigos. Habían decidido alquilar una «roulotte» y recorrer España porque, como ya había avisado Muñoz antes de su última competición, «no quiero llegar a los 28 años para darme cuenta de que he perdido mil cosas por la natación. Yo no soy ambicioso, y las cosas que me gustan no se compran».

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