
Por cuestiones de la vida, el domingo pasado terminé en un casino suizo. Puro azar encontrarme allí.
Hace muchos años visité un bingo, con un grupo de amigos celebrábamos que ya teníamos 18 para acercarnos a lo reservado para los mayores de edad, y la experiencia fue similar a esta visita, salvo algunas excepciones.
En primer lugar, porque me di cuenta de que un casino es tan deprimente como un bingo. No hay música, poca conversación, mucho humo y bastante soledad.
Lo que cambia es el escenario. De un bingo cutre de Barcelona a un elegante casino en Basel. Clientes de tres países, mucho dinero y poca diversión.
La base del negocio es excelente. Todo cash. Muchas personas (de todas las edades, género, raza y aparente condición) cambiando fichas por dinero, casi nadie haciendo el cambio a la inversa.
Y muchos sueños o ilusiones mal enfocadas. Entramos con la idea de jugar 20 ó 30 francos, pero en 5 minutos vimos que era mejor dejárnoslos en copas. Bebimos los gintonics más baratos de toda Suiza.
Para qué malgastar tu dinero? La única que gana es la banca. Así que mejor disfrutar del ambiente (es un decir, fue divertido porque estábamos haciendo turismo social), de las bebidas baratas y la comida gratis.
Y por supuesto del magnífico hotel, propiedad del casino, con increibles servicios por muy poco dinero (nos llevó un chófer al aeropuerto). Porque con nosotros se equivocaron, éramos la rara avis en ese entorno. Los únicos que no jugaban, que tienen otro plan para hacerse ricos.
Lo mejor, la sauna de madrugada a solas con mi chico...
No hay comentarios:
Publicar un comentario